lunes, 24 de noviembre de 2014

La Cofradía se va de Pistache. Capítulo 2

Crónicas de nuestros viajes swinger

Fin de semana para parejas en El Pistache, Hotel Boutique


Sábado:
Orgías y sexo en grupo

Una nota muy leída en el Universal hizo que nuestro pequeño émulo de takeover en el Pistache, mezclara su cauce con el flujo atraído por la prensa. Así que hubo casa llena y, por lo tanto, corazón contento. El sábado llegaron a nuestra cita los restantes cófrades (con la sentida excepción del Chef y sus dos emes que están del otro lado del Atlántico) y un trío de parejas sexies en etapa de noviciado. 

     Estábamos pues, del lado de nosotros,  los Condes, la Inocente Acosadora con su Doctor Chocolate, Tango y Milonga,  Luz y Sonido, Pluscuam Celebridad y Don Pajo, el de la risa franca, y claro está, Mariana y yo.  Además, desde otras regiones del mundo liberal llegaron un par de jovencillos con malas intenciones, la Misss de la que hablé en el post anterior con su marido, y otros pares de pares con los que no intercambiamos si no un par de saludos en el comedor. El punto es, pues, que el hotel estaba, al terminar la cena, ya pletórico de ganas. 

     Después de cenar, la sobremesa se extendió porque, aprovechando el material de importación Milonga y Tango nos dieron un taller de baile que dejó en los cerros de Alpuyeca un cierto retrogusto porteño y nostalgicón. Todo el mundo tuvo ocasión de estar en brazos de todo el mundo, demostrando eso que nos dijeron los talleristas: La milonga es como una fiesta swinger, pero sin quitarse la ropa. Y ya que eso era lo único que faltaba, salimos en contingentes, al jacuzzi que estaba caliente, muy caliente. Casi todos ¿tal vez todos? invadimos el agua con nuestra desnudez para cobijarnos del frío que empezaba ya a morder tímidamente. 

    De todas las cosas que se pueden hacer para socializar, a mí la que más me gusta es besar. En verdad. No sé porqué, siendo tan rico y tan cómodo, no es una de esas actividades fijadas ya como de protocolo básico. "Señorita, ¿me concede esta pieza?" debería estar en la misma categoría que un bien intencionado intercambio de salivas. Afortunadamente, en nuestro mundo así ocurre, y libre de toda prenda, brincar de una boca a otra fluía con la misma lógica con la que cae un paracaidista hacia la tierra. Boca, lengua, labios, dientes, manos, dedos, sexo, senos, caderas. Dentro del agua, el mundo parece haberse simplificado a un esquema muy sencillo. Lo único que lamento en ese momento es la conciencia de que tal cosa no puede durar para siempre. Pero debería. Sería genial que todos tuviéramos en el cajón del escritorio un pequeño Pistache al que pudiéramos irnos a meter cada vez que la vida se nos pone demasiado realista. Sería como Narnia pero divertido.

     Quedábamos ya pocos. Luz no había probado las delicias del Hitachi y Pluscuam Celebridad andaba de antojo. Valía la pena traerlo para hacer una demostración práctica. Algunas veces Mariana y yo nos sentimos algo así como vendedores de Amway, pero no tiene remedio, cuando uno conoce algo que funciona, más vale compartirlo. Es mal karma no hacerlo. Nos arrinconamos en una de las camas del fondo. Empezamos a jugar con Pluscuam mientras Señor Don Pajo observaba con cuidado para ver si alguna estrategia que no conocía se le revelaba en el momento. Mariana era la operadora principal, los demás fungíamos de asistentes autorizados. Autorizados para todo. Tocábamos, lamíamos, mordíamos mientras mi mujer hacía gala de su experiencia con el extractor de orgasmos. El primer cliente quedó satisfecho.

     Tocaba el turno a Luz. Los mimos de Mariana y su aparatejo vibrador se complementaron ahora con mi mano poco santa explorando sus interiores. Mariana sabe cuando aplicar fuerza y cuando retirar. Luz apretaba las piernas con tanta fuerza, con tanta violencia que daba gusto detenerselas, primero con los brazos, después con los hombros, luego con todo el cuerpo. Los gritos se alargan y se clavan en la noche. El climax es un enorme camino largo que se prolonga en subidas y bajadas, en curvas, ires y venires que en cada segundo produce un espasmo diferente. Termina agotada. Mariana suspende la terapia y Luz pregunta si me puede maltratar. Digo que sí. Me besa con fuerza, me  jala del cabello. Las uñas en mi espalda. Sonido nos mira mientras su esposa me hace derretir a fuerza de apretones. La sujeto. Me sujeta y la violencia es tan ardiente que es difícil soltarse para ir con la siguiente cliente.

     Mariana se queja de que no le llega su turno. Puro trabajar y nada para ella. Entonces se acuesta y mi empleo consiste en aplicar el juguete entre sus piernas. La Inocente Acosadora acaba de regresar de algún devaneo en una de las habitaciones y está junto a nosotros. Se une a la masa de manos y labios que le procuran atenciones a Mariana. Puedo practicar un poco de la técnica ganadora de los dedos, pero ese es el territorio del Conde. De todas formas, la estrategia no va nada mal y veo como Mariana se contrae en un grito largo y placentero. Sus orgasmos son como un alambre de púas extendido por todos lados. Luego viene ese momento entre delirante y cómico en el que no hay manera de tocarla. Es una bomba de sensibilidad; cualquier roce la hace pegar de brincos y hacer contorsiones mágicas. Es un deleite verla. Parece como si venirse sea su casa.




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jueves, 20 de noviembre de 2014

La Cofradía va de Pistache. Capítulo 1

Crónicas de nuestros viajes swinger


Fin de semana para parejas en El Pistache, Hotel Boutique


Viernes:

Foto: ?
Vía: Sicalipsis
Regresé por la noche al cuarto y, frente a mí, se dibujaba entre los brillos de la noche, el cuerpo de una mujer hermosa que había omitido ponerse ropa encima. Ese pasillo, no está en el área nudista del Pistache, pero era muy tarde ya, y la mujer venía de visitar el jacuzzi privado de los Condes. La memoria es extraña, porque una simple imagen puede hacer que nuestro cuerpo recuerde a detalle cada parte de la experiencia. Esa cadera, que ahora se movía sin asomo alguno de pudor, había estado no más de una hora atrás, entre mis manos, y al pensar en ello se me erizó de nuevo la piel.

     Creo que fue por artificio del Conde que el grupo que formaban los Condes mismos, la Miss y su marido, y Mariana y yo dejamos atrás la parte de la velada que consiste en platicar, y empezamos a aventurar manos y bocas por territorios no explorados. La Miss es blanca y llena de pecas. Los ojos grandes. El cabello rizado y los senos perfectos. Creo que por ahí empezó el juego, por sus senos y algo relacionado con mi boca que los recorría. El agua del jacuzzi estaba caliente y cabíamos los seis con holgura dentro de ese pedazo de azul que, como un ojo turbio, miraba fijamente el montaraz cielo de Alpuyeca.

     El cuerpo de la Miss cupo cómodamente entre mis abrazos, y en poco tiempo quedé hipnotizado en un vaivén de besos y de miradas, ese ritual hermosamente adolescente de coquetear mientras se obtiene.  Miré a Mariana de reojo. Ella caía como entre sueños, en las estrategias manuales del Conde, que bien merecen ya un capítulo de este blog. Y la Condesa, en la otra punta del triángulo que formábamos las tres parejas combinadas, hacía arrumacos con el marido de la Miss, y todo fluía bien, y todo era equilibrado, y todo parecía anunciar que ese es, precisamente, el estado más natural de las cosas, de todas las cosas.

     Habría que imaginar lo que sintieron los primeros conquistadores al navegar el Usumacinta entre dos densas paredes de extraña e impenetrable selva. Esa mezcla de miedo y admiración por un mundo nuevo, se parece al placer de recorrer el cuerpo de una mujer a la que no se conoce. Pero sin el miedo. Sólo admiración y delirio. Un carrusel de los sentidos. Mientras mis dedos encontraban los botones que la aceleraban, o su lengua formulaba maneras de derretir mi boca, se cruzaban entre las mullidas imágenes del éxtasis, pensamientos sobre lo absurdo que debe  ser vivir fuera de este código. ¿Cómo le hacen los que se mantienen firmes en el canon de la monogamia tradicional? No lo sé. No entiendo ya  como vive la gente sin que se le claven a uno en el recuerdo esos ojos que nunca se vieron antes, y que posiblemente queden por mucho tiempo dando vueltas.

     Jugamos durante largo rato. Jugamos esa clase de partidas que a mí me encantan, besos largos y caricias curiosas, lenguas que encontraban, en el cuerpo ajeno, razones para estremecer, para escalar y para conseguir placeres de quitar fuerza en las piernas. Mariana, frente a mí también jugó el tipo de partidas que le gustan, manos fuertes, gestos precisos y envolventes. Rutas directas que la llevan a construir grito sobre grito más placeres de quitar fuerza en las piernas.




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domingo, 9 de noviembre de 2014

El derecho a la putería

Mis amigas con doctorados postearon alegremente en Facebook un artículo en el que se recopilaban las sarcásticas reseñas que varias mujeres con Ph.D. hacían sobre un disfraz de "doctorada sexy" que se vendía en Amazon. El escarnio público en  el que se regodeaban todas ellas tiene que ver con echar abajo la muy nociva cultura de reducir mujeres a su potencial atractivo sexual. Los comentarios, todos ellos cargados de inteligentes ironías, dejaban relucir que aquellas que pasaron muchos años de incontables esfuerzos, de revisiones de investigaciones, de luchas mano a mano con asesores intransigentes, de prácticas de campo y otros tantos sacrificios, se sentían profundamente dolidas porque el tal trajesito azul frivolizaba el trabajo que les costó llegar a la cima del reconocimiento académico. Ellas, las más sabias en sus ramos, se veían calificadas por una sociedad muy poco hambrienta de sabiduría y muy deseosa de placeres sexuales, y el resultado de la calificación las indigna gravemente.

     Me pregunto, sin embargo, si al levantar la ola de ira contra el lujurioso comerciante, no están negando a todas sus igualmente esforzadas, aunque no escolares, congéneres un derecho básico en la lucha pro feminista: El derecho de cada quien a vestirse como le venga en gana sin que nadie haga menoscabo de su dignidad. Porque entonces, una mujer cualquiera, que con o sin valioso pergamino, quiera disfrazarse, jugar con su personalidad, putear un poco en público o privado y enseñar a otros aquellos atributos físicos de los que se siente orgullosa, tendría, luego de la plétora de críticas, avergonzarse de su deseo. Cierto, que la ropa es un discurso, y lo que nos ponemos manifiesta lo que pensamos, pero ¿no tendría cualquier fémina que tener derecho a pensar que quiere ser deseada también por sus caderas? 

     Entiendo el punto: desear es una forma de convertir en objeto, porque deseamos aquello que queremos poseer y se posee a las cosas, a los bienes muebles e inmuebles, a las propiedades, pues. Pero hay un enorme placer en ser poseído, y finalmente, es ser deseado. Como a mí, ni la naturaleza, ni el gimnasio, ni la biblioteca me dotaron o de un doctorado o de un abdomen marcado, nunca supe si preferiría ser admirado por sensual o por ilustrado. Pero me gusta jugar, y por supuesto, cuando me disfrazo de bombero no creo tener ni la mitad del testículo necesario para entrar en una casa y salvar de las llamas a un shar pei. Cuando juego, ejerzo un derecho lúdico del que me creo dueño no por ser hombre sino por ser, nada más. Si Mariana me mira con lascivia, si me siento reducido a la ingrata cualidad de una ayuda de cama, en realidad me siento halagado, me siento feliz de que alguien me quiera quitar mi traje de apaga calores eroticus.  Ya sé que a los de mi género nadie nos ha quitado el derecho a la educación, y que nunca me han torteado en el metro, y que nunca fui abandonado con un embarazo y que cobro veinte por ciento menos por el mismo trabajo que otro hace... Un momento, eso sí ocurre, pero no tiene que ver con que sea hombre sino con que no soy muy bueno para cobrar. El caso es que no hay manera de que yo entienda a cabalidad la postura ninguna de ellas frente a esta sociedad misógina que glorifica la comercialización de la mujer.

     Creo, en cambio, que entre los muchos derechos de los que han sido privadas, está el derecho a vivir su sexualidad a plenitud, a disfrutar de ella y a tomar las decisiones que les parezcan más convenientes con respecto a lo que hacen con su cuerpo y su placer. ¿Por qué no puede una optar por pirujear impunemente? ¿Por sexualizarse? ¿Por decidir convertirse alguna vez en un objeto de deseo y producir en otros deseos non sanctos

     Todo juego simplifica, por lo tanto, todo disfraz frivoliza. Para eso sirven. El punto del carnaval es precisamente quitarle a las acciones humanas todo el peso ideológico del que están cargadas. Hacer burla de una máscara es un tanto una necedad ¿no? Parodizar la parodia. ¿Para qué? ¿Para negar a otros la posibilidad de reírse de nosotros? ¿Un atentado contra la expresión? 

     ¿No sería también inalienable el derecho de todos tomarse algunas cosas a la ligera y simplemente ejercer la libertad de cachondear entre las sábanas sin ser acusada de traidora o sin ser acusado de primitivo? El acto de copular es básico, prosaico, simple y tan primitivo que no deja de parecerme una necedad querer convertir cada una de sus deliciosas manifestaciones en el intrincado capítulo de una disertación doctoral. Que un hombre crea que lo corto de la falda es inversamente proporcional al deseo de una chica por ser tocada, me indigna sobremanera, pero encuentro también doloroso que sean las mujeres mismas, las educadas, las liberales, las feministas, quienes se lancen con antorchas al ataque de alguna de las millones de formas en las que cualquiera que así lo decidiera puede apelar a su gusto por ser deseada.
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jueves, 30 de octubre de 2014

Es tocar

Anécdotas de playrooms


NeimanFemlin, el ilustrador de PlayboyMariana se había extendido sobre la cama central del playroom. Se quedó en tacones, medias y liguero. Ella no lo sabe, pero ese look me trae de vuelta los calores de la primera pubertad. Las páginas de chistes de Playboy traían unas viñetas de Neiman Femlin con mujeres que, pícaramente, lucían de esa forma. Tendida sobre la sábana blanca, me recuerda esas primeras exploraciones al porno, me emociona, y me hace sonreír. Estábamos solos. Decidimos adelantarnos a un cuarto oscuro porque no habíamos tenido mucho éxito ligando a pesar de que Libido estaba a reventar. En esos casos, nos gusta confiar más en los gestos y en las caricias, en el indiscreto ritual de ser vistos y servir, nosotros mismos, como una invitación cinética. 
     Aún no había nadie, por eso, tomar la cama del centro se convertía en una apuesta de esas que se hacen siempre que no hay posibilidad de perder. Ocupar el sitio más amplio, podría resultar en dejar espacio para que otros se acercaran. De no ocurrir así, la cama nos garantizaba el espacio más cómodo, y por lo tanto, el más divertido. Deje a un lado la sotana que constituía todo mi disfraz, y que seguramente no se apuntaba como uno de los favoritos en el concurso, y me quité el resto de la ropa. Me senté junto a ella. Comencé a acariciarla descubriendo, como si fuera la primera vez, la suavidad antinatural de su piel. Hay un erotismo extraño en recorrer los mismos caminos y encontrarlos distintos a la última vez. La vida matrimonial, no da muchas oportunidades para jugar a descubrir, pero los entornos alejados de la recámara, tienen por curioso efecto, la facultad de enseñarnos lo que ya sabíamos de manera que lo aprendemos nuevamente.
    Ella se eriza pronto, me deja hacer y se transforma en un tipo de amante que no aparece comúnmente. Es sumisa y generosa. Se acopla fácilmente a mis abrazos, a mis embates, a mis exploraciones. Cierra los ojos y abre la boca. Los besos son largos. Los gemidos intensos. Me regodeo en el placer de poderla leer y de llevarla por placenteros caminos. 
       Íbamos ahora por el tercero o cuarto de sus orgasmos. Ella estaba ahora en cuatro puntos y yo la penetraba desde atrás. Alguien se asomó por primera vez al playroom. Un hombre con traje de escocés. Hizo contacto visual conmigo como pidiendo permiso. Mariana tenía la cabeza hacia abajo y no lo vio, o no lo quiso ver. Él se acercó y se sentó en la orilla de la cama. Hombres sin mujeres que los acompañen son un asunto muy raro, considerando que el sitio es exclusivo para parejas. Hombres desatendidos, les dice Mariana. Supongo que ella lo sintió cerca. Su reacción es no reaccionar. Sigue sintiéndome tras ella, jadeando y meciéndose como si estuviéramos aislados. Esconde la cara para no comprometerse, para mantener las posibilidades en el filo. Mariana es una especie de queso en una ratonera. Ni invita, ni niega. Es. Sólo es.
     Primero, una mano indecisa se coloca sobre su espalda. Ella sigue sin dar acuse de recibo, pero yo puedo sentir una contracción que revela que el contacto la excita. Nunca se va a resolver en favor de un "hombre desatendido"; el principio la irrita. Pero en ese momento, nada la evita de utilizar al objeto que ahora la toca con tacto humano, para potenciar su placer. Está muy caliente, y una mano más sobre su cuerpo es una excusa para seguir ascendiendo en la escala de su gozo. La mano recorre la espalda y sujeta  con firmeza la nalga de mi mujer. Todo lo que no está prohibido, está permitido, así lo entiende el escocés, que ahora se aventura por más territorios, el brazo, el seno, la mano. Mariana sigue perdida dejándose follar por mí y permitiendo que el desconocido de excite con su imagen lasciva y con la posibilidad de descubrirla. Toma a mi mujer de la mano, y aprovechando un momento en que ella dobla los brazos para recargar el peso sobre sus hombros, la invita con el gesto a meterla bajo su kilt.
     Puedo verla apretar oculta bajo la tela a cuadros. Es misteriosa la forma en la que operan ciertos mecanismo, la idea de un pene cerca de ella hace que me tenga que concentrar mucho para evitar una pico peligroso en mi nivel de excitación. No se cómo lo logro pero me contengo. Ella no y deja escapar uno de esos grito que reconozco como orgasmos galopantes. Se rinde por completo sobre la cama, está tendida de espaldas y yo junto a ella, y él del otro lado. La acariciamos entre los dos. Mariana está procesando los restos de clímax que quedaron sobre su piel, y las manos que la recorren ayudan al proceso. Sin más, el hombre se acerca a su oído y le pregunta algo. No se que fue, pero lo supongo porque inmediatamente él saca un condón de algún lugar de su disfraz. Mariana ya no está excitada, pero el mismo estímulo que le impediría caminar si lo intentara, también la priva de decir lo que quiere por cuenta propia. Necesita un intérprete. Me jala hacia sí, y con la respiración cortada me dice que diga que no, que despida a nuestro invitado. 
      Así lo hago. El hombre sale del playroom y puedo ver ahora que ya hay más parejas alrededor.

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jueves, 16 de octubre de 2014

Conferencias en Passion Fest 2014 2/2

La segunda de las pláticas que dimos en Passion Fest México tuvo como objetivo disipar las dudas habituales que hay antes de iniciarse en el estilo de vida swinger. Supongo que junto con la curiosidad, la principal emoción que experimenta una pareja que quiere probar por primera vez una experiencia relacionada con la sexualidad abierta, es el temor. También creo que la principal razón del miedo es siempre la falta de información al respecto. Para nosotros se ha convertido en prioridad allanarle el camino a los nuevos, decirles la mayor cantidad posible de cosas, y ayudarlos a tranquilizar un poco sus ansias. Es evidente que cada quien experimentará sus propias aventuras y sacará sus propias conclusiones, pero seguramente será más fácil si, de antemano, ya saben sobre el camino de alguien más.

Esta es la presentación que usamos. Para la segunda sesión no usamos notas, pero si alguien tuviera alguna duda, como siempre, estamos más que disponibles.



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miércoles, 15 de octubre de 2014

Adaptarse es para los sabios

La historia de un takeover swinger en Puerto Vallarta

Takeover swinger en Vallarta


La cosa debió ocurrir en Los Cabos, pero ya todos sabemos sobre los estragos del huracán, y a pocos Luxury Lifestyle Vacations tuvo que hacer cambios estratégicos y mudar todo el tinglado a Vallarta. No es misión tan sencilla como se oye. Estamos hablando de advertir a cerca de cuatrocientas personas que será necesario cambiar sus vuelos y absorver los costos que eso representa.  Por otro lado, conseguir en dos o tres semanas otras doscientas habitaciones en algún muy buen hotel del playa que esté dispuesto a recibir a un nutrido grupo de personas con hábitos un tanto polémicos.
días de la fecha programada para el viaje, la gente de
   
     Ajustes más, ajustes menos, LLV consiguió resolver el predicamento. Muchos, pero muchos swingers angloparlantes, tomaron por asalto la costa de Jalisco y nosotros tuvimos la suerte de ser invitados a esa movida. ¡Qué espectáculo tan emocionante! Lamentablemente, tenemos la mala costumbre de tener empleos y éstos, no son muy compatibles con nuestra otra mala costumbre de hacer viajes pletóricos de sexo, pero nos las ingeniamos para escapar de la Ciudad de México el jueves, en lugar del sábado anterior y pudimos ser parte de la fiesta durante las últimas tres noches.

Jueves de alberca y jungla


    Al llegar al resort nos enteramos de que no hubo forma de reservarlo completo, pero el sitio tiene dos bloques, y uno de ellos, con todo y alberca y restaurantes, era exclusivo para nosotros los libertinos. Dejamos las cosas en el cuarto y bajamos a ver qué había. La vibra se sentía sexy, había gente desnuda, mujeres topless y mucha socialización. Pero más grande que la tentación de irnos a mezclar con el resto de la multitud, era el hambre del viaje, así que fuimos a comer algo. Para cuando entramos en la alberca, el sol se había ocultado ya y casi todo el mundo había desaparecido.

     Pepe, el hombre LLV, nos llamó al cuarto para saber cómo habíamos llegado, y nos dio un resumen sobre lo que teníamos que saber. A las 10 de la noche inició, en uno de los salones, la primera de nuestra fiestas temáticas, dedicada al animal print. El mundo del lifestyle no suele tener ese nivel de producción. El salón estaba completamente adaptado, había una cabina de DJ espectacular, un escenario circense con acróbatas, danza aérea en telas y en aro, salas blancas, periqueras, pista de baile, zanqueros, pantallas, trago ilimitado, en fin, una fiesta sin ninguna intención de escatimar. Cuando nos sentimos de ánimo, entramos al playroom

     En la antesala, condones y agua. ¿Por qué nadie más piensa que estas dos cosas son básicas? Dentro, una decoración que coqueteaba discretamente con una cueva kitsch, apostaba varias camas estratégicamente colocadas para que uno buscara su nivel de involucramiento. Me impresionó también lo bien equipado que estaba todo; toallas, más que suficientes, botes de basura, a cada paso y en cada uno de los lechos cojines liberator. Eso es cuidar detalles.

      Ubicamos una cama al fondo, pegada a otra que dejamos libre por si alguien quería acercarse. Así ocurrió. Una pareja se acomodó junto a nosotros e iniciamos un curioso juego de repeticiones. Ellos hacían, nosotros también. Nosotros los mirábamos, ellos también. Encadenamos una suerte de círculo virtuoso de miradas e insinuaciones, de sutiles señales que nos mantenían tan cerca como lejos. Era como mirarse en un espejo que tuviera voluntad propia. Más personas llegaron y entre los ecos de gemidos, se dibujaban siluetas y cuerpos que se encontraban y encontraban a otros parecidos. El mismo juego de espejos se repetía y reproducía en un camino ascendente que excitaba todos los contornos. Terminé en las manos de Mariana cuando ya estaba muy cansado. De todas formas, quisimos subir al cuarto para escribir un breve epílogo a la historia de esa noche

Viernes de barco y colores

   
Burlesque pole dance
 Nuevamente, la organización tuvo que pensar de prisa. Otros turistas llegarían el viernes al hotel y reservar la alberca para los encuerados ya no era opción. Además, otro tipo de viajantes seguramente encontrarían, en las conductas de los de nuestro tipo, más de una razón para quejarse. Así fue como la mañana lleno de lanchitas la playa, y esas lanchitas se dieron a la tarea de llenar dos catamaranes con una enorme horda de swingers.

      El día estuvo lleno de cosas que hacer. Quitarse la ropa. Hacer snorkel o kayak. Subir de nuevo a los botes. Ponerse la ropa. Bajar a la playa o visitar una casacada. Subirse al barco. Quitarse la ropa. Vestirse nuevamente para bajar a "Las Caletas" y comer. Quitarse la ropa. Reventarse durante un par de horas como si fueran las últimas vacaciones de nuestra vida. Mucha gente que se toca. Que se atreve. Cuerpos que se asolean, que se liberan. Cuerpos que se exhiben de una embarcación a otra, que se provocan. Adultos que saben que la impudicia de la infancia y el calor de las primeras juventudes esconden verdades sobre la felicidad, que son desconocidas para la mayor parte de la gente. El viaje representaba, ingenuamente, una metáfora de nuestro mundo: bajar a tierra, pretender ser normales, y embarcarse nuevamente en una orgía flotante aislada del resto de las realidades.

     Llegamos de vuelta al resort sanos y salvos. Más cansados, quizá. Más bronceados. Más felices. Por la noche, el salón de reuniones se había transformado nuevamente. El tema del vestuario era colores y yo nunca había visto una concurrencia más entusiasmada y más creativacon los trajes. Había brillos y luces y todo tipo de locuras por todas partes. Había incluso una pareja vestida de luces, no vestida como toreros, vestida de luces, literalmente, de luces: focos iluminados que le daban vuelta a sus semidesnudas figuras.

     Al ver la distribución del espacio, elegimos asientos en una de la salas que estaban pegadas a la pista. Acierto. Al poco tiempo de que llegamos inició un espectáculo que nos gustó tanto, que me produjo una suerte de nostalgia. Me explico. Se trataba de un unipersonal de burlesque. Una mujer en ropajes sensuales hacía bromas y animaba al público. Luego, osciló bailando entre dos tubos y un sillón sobre el cual, previsoramente, había colocado a un hombre del público. La música correspondía a la época de Sarah Vaughan, sus prendas al estilo cabaret y su ejecución de  pole dancing era, definitivamente, algo muy contemporáneo. Bailaba, coqueteaba y se desvestía con una gracia que se ve muy raramente en los espectáculos de fiesta swinger. Ahí es donde vino la nostalgia. ¿por qué será tan raro ver buenos shows eróticos? Puedo entender que en el reino de los civiles, la sofisticación haya cedido territorio a lo inmediato de tabledance; que nuestra cultura de lo efímero haya decidido que nadie tiene tiempo de hacer acrobacias cuando lo que quiere la masa es ver chichis. Pero entre los swingers... eso no tiene sentido. Nosotros somos precisamente la raza que decidió hacer de la sensualidad un tipo de vida. ¿Por qué son tan escasos los organizadores de fiestas liberales que se preocupan tanto por la producción de sus eventos? Mientras disfrutaba de esta artista, pensaba que habíamos llegado a un paraíso perdido, a un espacio tan alejado de los shows de strippers con power balads y de las tristes interpretaciones de sexo en vivo que pululan en los clubes de la ciudad.

El sábado fue el pilón


 
Juguetes eróticos Lelo
   La semana terminó oficialmente con salidas el sábado, sin embargo, los cambios de vuelo de último momento y otros ajustes similares, obligaron a muchos a quedarse una noche más en Vallarta. La gente de LLV se sacó de la manga un nuevo truco y organizaron una salida nocturna a un bar del centro. Por supuesto, estábamos más que apuntados.

     Ocurrió, sin embargo, que ese día fuimos a visitar la alberca que ya no era swinger y que de cualquier manera estaba muy nutrida de gente como nosotros. Habíamos estado en los días anteriores, por no se qué rara vibra nuestra, un tanto aislados de los demás, pero como era nuestro último vagón, no lo quisimos dejar ir y cambiamos la estrategia. Nos acercamos a la gente y empezamos a hablar con una pareja que nos dio una buena recepción. Esa pareja nos presentó a otra pareja y esa pareja nos presentó a otra pareja y de un momento a otro, nuestro aislamiento se disipó. Habiendo superado las primeras etapas de  nuestra discapacidad social terminamos la tarde junto a unos nuevos amigos. Como ya todos estaba partiendo a sus habitaciones, pensamos que lo poco casto de nuestra conducta podría, ahora sí, sacar algún escozor entre los huéspedes vainillas. Era una buena señal para retirarnos e invitamos a nuestros amigos al cuarto.

     Aparecieron con su Hitachi en la mano, el de ellos se llama Wandy, y nos alegramos de sabernos cómplices también en eso del amor a las vibraciones con varios caballos de fuerza. Pasamos juntos un buen rato. Sacamos, evidentemente, a Dámaso, estrenamos también un pequeño Lelo que recién compramos en Passion Fest. Terminamos la sesión cansados y muy contentos; para eso es que uno sale de vacaciones. Fue un final de semana muy grato, y lo único que lamentamos fue no haber empezado antes a hacerle la plática a otros, pero en fin, hay épocas y épocas. Cuando se fueron tuvimos que decidir entre hacer el viaje al centro o ir a cenar. Optamos por alimentarnos y luego tomar un taxi que nos reuniera con el resto del grupo.

     Después de la cena subimos al cuarto para arreglarnos. Nos acostamos un segundo... para recuperar fuerzas... el segundo se alargó... se alargó un poco más... y quedamos... en muy poco tiempo... completamente... dormidos. ¿Me estaré haciendo viejo?



     
      
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