Mariana estuvo con otro hombre

El fulano algo tiene con Mariana que, a pesar de lo oscuro del lugar, no ha dejado de verla. Mariana dice que no, pero yo sé cuando alguien le llama la atención más allá de lo común. Ella prefiere divertirme y seguir coqueteando con las dos mujeres que bailan juntas. Pero yo sé que lo ignora para que yo no me de cuenta. El fulano no tiene nada que le pueda gustar, por eso la desconcierta tanto. Es raro que un hombre le llame la atención, pero el despliegue de masculinidad del fulano apela a estructuras de ella tan primitivas, que ni siquiera son reconocibles para sí misma. La asusta y teme confesármelo, porque cree que le diría lo mismo que ella tiene ganas de decirse para reprimir su deseo. La verdad es que, en ese momento, si me pudiera cambiar a mí, a las dos mujeres que bailan juntas y a dos amantes más por el fulano, yo sé que lo haría.

    Me levanto a la barra a traernos más Merlot, y le pregunto si está bien que la deje sola. Bromea conmigo: "No estoy sola, míralas" Me río porque sé que en toda la noche, las dos mujeres que bailan juntas y Mariana, no tendrán nada que ver. Espero las copas y el fulano me aborda. Soy un pésimo conversador, pero quiero entablar la plática con él. Algo me dice sobre mi disfraz, y de ahí el ritual de convivencia fluye entre borbotones de testosterona. El fulano devora cervezas como si fuera monja rezando el rosario.

     Ella se acerca entonces, con su minifalda de mezclilla negra y el corsé que usa como si fuera blusa. Se planta entre los dos y me da uno de esos besos con los que la lengua reconoce el estado de ánimo de la pareja. No había terminado de sacar su boca de la mía cuando, como era de esperarse, el fulano la tiene tomada por la cintura y Mariana le acerca el trasero lo más que puede.

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