Mariana me masturba aunque no esté conmigo

No me gusta compartir ni la cama para dormir ni la regadera para bañarme. Residuo de mi vida de niño malcriado, supongo. El caso es que no me gusta y eso a Mariana le duele profundamente. Le duele porque sabe que diario comparto con ella tanto la regadera como la cama, más como una concesión que como una convicción. No hay remedio, para mí es uno de tantos sacrificios que se hacen por amor, y que no me duele hacer. Mariana, preferiría, sin duda que yo disfrutara dormir con ella, que no me sintiera invadido. Pero desde hace siete años, duermo con ella, me siento invadido, y de todas maneras no cambiaría el mundo entero por el gusto de acostarme con ella... aunque no me guste.
Hay algo, en cambio, que ella no se imagina que comparto. Hay algo que no la hace sentir especial porque no conoce la dimensión. Mariana es dueña de todas mis fantasías. No es una hipérbola. Siempre quise ser un hombre infiel, más por el principio que por otra cosa. Me atrae enormemente la sola idea de destruir en un acto de irresponsabilidad la base entera de la sociedad moderna. Pero no puedo, no podría. Mariana es un fantasma húmedo que no deja espacio sin ella.
En las noches de aislamiento (mientras ella duerme ajena a mí), a la hora de escribir, de leer y de abandonarse a otros placeres solitarios, me dejo llevar por los caminos de una imaginaria tan grande como mi experiencia en el porno. Vivo escenas brillantes y sensuales, películas mentales que corren a más de ochenta cuadros por segundo, fantasías que evocan los sueños de opio del Conde de Montecristo, corrientes marinas de la carne que me dejan en los puertos de mi antojo. El milagro ocurre ahí, en medio de tanto derroche de lascivia. No importa si estoy con la chica que tiene su oficina junto a la mía, o si estoy con Penélope. El caso es que siempre sin que yo la llame, pero justo en el momento en el que la necesito, Mariana está ahí. Así, sin decir nada, aparece en medio de la orgía de porristas, de los juegos de enfermeras, de exóticos bombardeos orientales de semen, de escenas de violencia, de calabozos, de mañanas claras con mujeres mayores de cuarenta. Mariana es mi cómplice, si no no hay trato.
Así ocurre con todo. De modo que no es grave que deteste bañarme con ella. Sueño con ella. Sueño con ella siempre. Anoche, por ejemplo, mi mano agitaba con mi sexo un cúmulo de senos en aceite que se acariciaban los unos con los otros. Recuerdo, haber traído también, por medio de internet más de un coño perfectamente depilado cuyo sudor era fácil de evocar entre mis labios. Y en la multitud, la reconocí. Primero el coqueto corte de pelo que trae en el pubis, después la sensación de su saliva en la mía cuando recorremos juntos las carreteras de alguna otra mujer. Finalmente su tacto, sus manos como alacranes alcanzando mis testículos desde el trasero. Y su voz. Su voz desde mi espalda. Cógetela papi, yo te miro.
Me arreglé para volver a la cama, y la encontré dormida. Producía entre sueños un ligero gemido, y bajo las sábanas, descubrí que tenía la mano entre las piernas.


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