María la portuguesa (Cap d'Agde 4)

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El mejor club swinger del mundo, dicen los expertos, se llama Glamour y una vez estuvismos ahí.  Era noche entre semana, entonces el lleno no era el usual y tuvimos una soirée cómoda y con pocas exigencias de glamour. Mariana y yo bailábamos en la pista, y le echábamos ojo a una chica que no estaba lejos de nosotros. Venía con un hombre mucho mayor, y cuando nos fuimos a sentar, comentamos que, si bien, ella era exactamente nuestro tipo, el tipo ya no tanto y renunciamos a la posibilidad de ligar. Más tarde se sentaron junto a nosotros, y tampoco les hicimos mucho caso. Ella, sin embargo, nos seguía atrayendo mucho.
Se levantaron y bajaron a jugar al laberíntico playroom. Así que nosotros bebimos, bailamos y nos olvidamos de la pareja que si no habíamos de beber, dejaríamos correr. Pasó un buen rato y, al notar que el salón principal había ya mermado mucho su afluencia, pensamos que era una buena señal para bajar también y enredarnos en descaradas impudicias.  La escalera baja. Nosotros también y llegamos tomamos camino hacia la derecha- por la izquierda es para tríos, a la derecha, sólo parejas. Una primera sala pequeña con una cama y algo ocurría ahí, algo que ya no recuerdo porque perdió importancia de inmediato. Casi en la puerta, y recargada sobre la pared, al paso, acechando y mirando el espectáculo, está la chica que nos gustaba. Mentira, no miraba nada, se mantenía atenta al pasillo de entrada por donde atravesamos. Mariana antes que yo y en un movimiento suave y decidido, la toma de la mano. Mariana se sorprende un poco, la mira y le sonríe quizá más como cortesía, quizá más como parte del juego de tocar y ser tocada en la espuma de los cuerpos.  Se trata de alejar y la chica no la suelta. Mariana sabe entonces que ha sido pescada, y se deja atrapar por esos ojos que vienen desde una historia antigua. Sonríe otra vez, ahora como prueba de rendición.
La mujer la lleva entre la gente a la sala contigua, donde hay otra cama vacía y la que ellas y yo, y el hombre que viene con ella podemos en hipnosis desnudarnos para jugar a vistas de todo aquél que va pasando. Miles de vouyers. Mariana con Ella. Mariana con Él. Mariana conmigo y yo con Ella. Me dejo caer en las caricias de esta mujer que de pronto se siente más familiar que la propia Ciudad de México. Todo en estar con ella es cómodo de pronto. Con la mirada fija en un horizonte donde mi Mariana es poseída por un extraño, me encuentro anclado en unos ojos oscuros y brillantes como pozas y una voz que me dice al oído, algunas veces en francés y otras en español lo delicioso de nuestro encuentro. Así debió haberse sentido Ulises cuando conoció a Cirse. Las caricas son un acertijo que se resuelve por si solo, una paradoja donde no hay opuestos y si hay misterio. Un viaje a casa.
Le pido a Mariana que se quede con  Ella, que nos deje verlas. Se tocan, se besan, se licuan y en su devenir de piel se desdibujan como una gota de sangre en una cubeta de agua. Mariana desciende en besos el tobogán de su piel y bucea con los labios entre un par de piernas extendidas como un lienzo abierto. Mientras tanto yo la beso y siento la deseperación adolescente de no poder dejar de sentir que el mundo se construye en tempestades. Ella grita casi susurrando, se desmorona por obra y gracia de la boca de mariana que es entre tanto seducida en caricias por Él.
Ella grita, y anuncia el final de nuestro encuentro. Abraza a Mariana y le suspira al oído "gracias" "merci" "gracias" Tanta belleza no es una fórmula social, más bien un mantra, una frase que se repite miles de veces para invocar al destino. Para que tanto placer no se desvanezca nunca. Para construir con palabras una cerca que evite que el mundo exterior penetre este castillo que a fuerza de manos y saliva acabamos de construir.
En las regaderas nos cuentan con son portugueses, ella es de Lisboa. Cuando salimos del club, el aire es frío y yo siento una dicha inmensa. Todo tiene sentido, no conozco Lisboa, pero es una ciudad que siempre he querido conocer. Ella, me dejó en la boca la sensación de volver a casa, la nostalgia grata de Madredeus, de los poemas de Pessoa, de una blanca colina junto al mar, y del final de la tierra.
Imagen vía: Sicalipsis

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