¿Cómo nos iniciamos en el mundo swinger?

Comenzamos hace mucho tiempo, y somos swingers desde hace muy poco. Alguna vez publicamos un artículo en el que nos preguntábamos si lo somos. Concluíamos que no, pero en Cap d'Agde Mariana se hizo de una playerita que decía Swinger 69 y fue como firmar un contrato. Ya. Lo somos. En reuniones nos presentamos como tales y "salimos del closet" con nuestros amigos más cercanos. Ahora es oficial.




Pero antes la frontera estaba diluída. Hicimos, cuando teníamos 18 o 19, un trío con mi mejor amiga, y descubrimos que nos gustaba. En otra ocasión incluímos a otro de nuestros amigos y de esa forma nuestros años universitarios trascurrieron entre juegos para adultos en un mundo de chavillos. Se empezó a volver costumbre hacer que los demás nos vieran algunas veces, y otras dejarlos jugar. Éramos dos y disfrutábamos demostrándole al mundo lo físico de nuestro amor. En esos días hacer el amor sabía a prohibido y nos encantaba escandalizar al que estuviera cerca.
A los 18 años, uno no necesita buscar aventuras. Éstas llegan solas. Un día hay chelas o un porro y todos terminan compartiendo almohadas y ropa interior. Así son los muchachos. O cuando menos así éramos nosotros, y por eso pensar en una comunidad swinger era una especie de paradoja; era reglamentar lo que ocurre por generación espontánea. Como si álguien quisiera hacer un manual para llorar (un momento... alguien ya hizo eso.) En fin, el caso es que nuestros amigos crecieron y nosotros no. Les empezó a parecer pueril eso de tomar tragos y besar a cualquiera. Entonces decidimos probar, para ese momento el catálogo de sexualismos que habíamos probado ya tenía varios volúmenes encuadernados.
El primer club swinger al que fuimos era espantoso. Un lóbrego departamento con cerca de cinco parejas bigotonas y un par de hombres solos. El tipo del lugar del que ahora saldríamos corriendo pero que, en aquel entonces, la sensación de novedad era más poderosa que cualquier filtro social. Ahí conocimos a otra pareja, igual de jóvenes que nosotros e igual de perdidos. Ellos nos llevaron con otros y así, durante mucho tiempo, swingear consistía en saber que, además de nuestros habituales amigos, conocíamos otras personas con las que podíamos practicar un poco de sexo oral. Ese fue, hasta hace cerca de un año nuestro límite trazado.
El segundo club que conocímos también fue bastante cutre, y el tercero, y muchos de ellos ya no existen, pero a la distancia y habiendo ya compartido cama con gente tan hermosa y en sitios tan espectaculares, no sigue pareciendo que ha sido verdadera terquedad, haber pasado más de diez años dándole oportunidad a un entorno que a todas luces se veía alejado de lo que buscábamos. ¡Qué bien que seguimo probando! ¿no?

Imagen vía: Sicalipsis

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