La excepción y la regla

Reseñas de bares swinger

Dreams

Mientras estuvimos en Cap, visitábamos con frecuencia un club llamado Tantra, ahí los hombres solos son aceptados y para nosotros eso no representaba ningún problema. Entrábamos sin pagar,  buscábamos un lugar donde jugar y la constante mirada y, en algunos casos, la participación de ellos nos parecía excitante. A eso íbamos y de eso se trataba. 
No fue igual este fin de semana, y empiezo a creer que ésta, nuestra perversión de funcionar completamente felices sólo si estamos fuera de casa es cosa seria, pero también tiene que ver con expectativas. Más bien, estoy seguro de que tiene todo que ver con las expectativa. Resulta que el sábado fuimos a Dreams, un club que nos causó tan buena impresión la primera vez que fuimos que lo convertimos apresuradamente en nuestro espacio swinger favorito en la Ciudad. Nos gustaba lo selecto de la clientela. Nos gustaba que, sin pretender nada lo lograba todo. Lo que hemos dicho de él puede leerse en dos entradas de este blog: aquí y acá
Sin embargo, este fin de semana sólo un detalle cambió radicalmente las cosas. Dreams es un sitio que se presta de tener una concurrencia nutrida y selecta (difícil equilibrio) y lo logra, casi siempre. Resulta ser que Mariana y yo al llegar, nos topamos con un grupo de chica y chico... y chico... y otro chico. No lo podía creer porque las invitaciones se entregan, hasta donde yo entendía, revisando previamente los perfiles en SDC. Otra vez, no es que los hombres solos nos saquen ronchas, es sólo que no es lo que veníamos a buscar.
¿De qué se trata esto de ponerle reglas a un asunto que se define como liberal? De pronto me siento un tanto absurdo defendiendo mi derecho a la exclusión, pero la verdad es que la presencia de los dos sobrantes galanes en el playroom, fue suficiente para perder las ganas de hacer travesuras. ¡Para colmo al recoger mi ropa del piso me quemé con el cigarro que el muy idiota había tirado prendido al piso! Entonces valoré el tema de las normas un poco más. La primera vez que Mariana y yo tratamos de ir a un club para parejas, teníamos veintipocos años y unas ganas locas de experimentar. No nos dejaron entrrar porque ella llevaba jeans y yo no llevaba corbata. (Sobra decir que un local con políticas tan estúpidas no tardaría en cerrar), estar del otro lado de la restricción me hizo molestar mucho.
Ahora, a la distancia, sigo creyendo que aquella regla era una estupidez, pero lo que veo es que hacerla valer no lo era. Los clientes del lugar tenían ciertas expectativas a las que el club se había comprometido e independientemente de lo apetitosa que hubiera sido mi mujer cuando era aún más joven, era obligación de los dueños respetar esas expectativas. Por supuesto, después del incidente del sábado mandé un correo para quejarme. Sigo sin saber por qué todavía creo en la queja y la denuncia como forma de solucionar problemas; ¿será acaso mi ocultísimo lado activista? 
La respuesta fue la que esperaba... pero no por eso me dejó satisfecha. Los organizadores comprendían que al hacer una excepción, porque la situación era especial, se habían equivocado y me prometían que nunca iba a volver a pasar. Digo, eso está bien, al menos por el resto de las parejas que seguirán abarrotando el Dreams cada sábado, pero a nosotros... ¿quién nos quita el mal sabor de boca?

Imagen via: www.boxforstanding.tumblr.com

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