Alessandro Baricco: Emaús

No termino de saber si, descubrí el sexo por medio de los libros o si me empezó a gustar la literatura porque hablaba de sexo. Cierto es que no hay literatura, que no sea literatura erótica, y hablar de sexo y de textos es siempre hablar sobre la vida. Por eso me encantan las tres cosas, y por eso mi gusto para las tres (sexo, literatura y vida) es similar. Me gustan cuando no son privativos pero son capaces de alejarnos de todo para acercarnos, a la vez, a nosotros mismos. Me gusta cuando no son convencionales, me gusta cuando experimentan de formas creativas y aún así siguen siendo cómodos, siguen siendo propios. Me gusta cuando uno se los topa sin buscarlos y la novedad me encandila, pero me gusta leer y releer las mismas páginas mil veces. Me gusta, y esto no necesito explicarlo, prestar mis libros y que me presten los ajenos sabiendo que hay pasajes que me son muy gratos pero que se irán inevitablemente a otros sitios y que hay pasajes que siempre serán míos. Baricco es de esos. Todas las novelas que he comprado de Alessandro Baricco, las he regalado. Todas que he leído, lo he hecho en copias ajenas y sin embargo, nada es más auténticamente mío que su prosa. Ahí me siento en casa. A Baricco lo descubro nuevo cada vez y cada vez siento que leerlo es leer el manual de mi propia existencia.
Les comparto, entonces un fragmento de Emaús.
Que André sabe de mí - que existo- lo supe con certeza una tarde que estaba echado en un sofá, con mi novia, bajo una manta escocesa roja -ella me estaba tocando, es nuestra frma de practicar el sexo. Por regal general, nuestras novias creen en el Dios del los Evangelios igual que nosotros, y eso signigica que llegarán vírgenes al matrimonio -a pesar de que, en los Evangelios, no se haga alusión a semejante proceder. De manera que nuestra forma de practicar el sexo es pasarnos horas tocándonos, mientras hablamos. Nunca nos corremos. Casi nunca. Nosostros, los chicos, tocamos toda la superficie de piel que podemos y de vez en cuando metemos la mano debajo de sus faldas, pero no siempre. Ellas, en cambio, enseguida nos tocan el miembro, porqe somos nosotros los que nos abrimos lo pantalones y, a veces, nos los quitamos. Esto ocurre en casas donde los padres hermanos hermanas están en el otro lado, detrás de la puerta y cualquiera puede entrar de un momento a otro. Por tanto lo hacemos tidi dentro de una precariedad entreverada de peligro. A menudo no hay más que una puerta entreabierta entre el pecado y el castigo, y esto hace, claro está, que el placer de tocarse y el miedo a ser descubiertos, así como el deseo y el remordimiento, se ptresenten de forma simultánea, fundidos en una única emoción que nosostros llamamos, con una espléndida exactitud, sexo: conocemos todos sus matices y valoramos la resplandeciente derivación del complejo de culpa, del que es una variante entre otras. Si alguien piensa que es una manera infantil de ver las cosas, es que no ha comprendido nada. El sexo es pecado: pensarlo como algo inocente es una simplificación a la que sólo los infelices se entregan.

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