Un cuadro (Mariana y la otra)

Mariana lleva un vestido. Frente a ella, otra mujer, la otra mujer es rubia y también lleva un vestido. La mirada cómplice de ambas se cruza y a través de ella se adivina el permiso. Una silla frente a la otra, un espejo imperfecto y sublimado. Dos piernas que se abren  y dos vestidos se corren como mañanas sobre los muslos. Se devela el sexo impúdico a otras dos piernas que se abren y develan otro sexo palindroma. Mariana no es su reflejo, pero se reconoce en ella y con una sonrisa ambas, Mariana y la otra mujer, la rubia, el reflejo de Mariana, inician un ritual de avioncitos que cruzan dos horizontes al mismo tiempo. Una danza que solo se baila con las yemas de los dedos al tiempo que las miradas viajan de los ojos al bajo vientre y luego de regreso. La sonrisa maliciosa y duplicada evoca el sueño de una adolescente que se toca por primera vez bajo las sábanas. Los dedos recorren el exterior y abren sutilmente pliegues que se mueren por ser abiertos. La culpabilidad de la inocencia. Mariana, al  dejar a su mano aventurarse por el pubis y los labios de la otra, produce un efecto en cadena. Otra mano se aventura con la misma intención hacia el centro de las piernas de Mariana. El candor de la malicia. Cada una toca a otra para identificarse a si misma, para encontrar que si un dedo se deja ir vagabundo hacia un interior húmedo y pulsante, otro interior tendrá que dar albergue a otro índice vagabundo. Y así la páginas se acumulan unas sobre otras. El deleite se apila frente a mis ojos en el juego perverso de una fotocopiadora enloquecida, en la rítmica escalada de dos bocas que exhalan vapores de deseo.


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