Crónicas eróticas de mujeres atípicas

-Típica crónica erótica de una fémina atípica-

Hay mujeres que son otras cuando se desvisten. Ms. T es una de ellas. La conocimos en un restaurante mexicano junto con un grupo de turistas a los que Mariana llevaría a recorrer el centro del país. A pesar de que, por joyería llevaba un vibrador colgante y por entretenerse frotaba mi entrepierna con su pie, no imaginaba la bomba que se escondía en esas caderas. Es una capa de pecas sobre piel absolutamente blanca. Piernas, pechos y  nalgas categóricos. Una mujer, podemos decir, contundente y guapa. Sin embargo, el cerebro no se escapó de mi cabeza hasta que la vi masturbarse junto a la enorme cama de la suite

     Mariana y yo follábamos. Creo que, mientras la penetraba desde atrás, ella masturbaba a alguien más. La verdad es que el recuerdo está confuso, pero las visiones se sustituyen en mi imaginación por memorias sensoriales. Ms. T abrió las piernas sin atisbo de sutileza y se metió un dedo en el coño. La espalada arqueada, la mirada fija en nuestros movimientos y una sonrisa que, en otra época, tal vez le hubiera valido una condena por brujería. A partir de eso y durante los días que siguieron, su proximidad activaba mis glándulas afrodisíacas.

     Ayudaba también que Ms. T. algo tiene de colibrí en la sangre, porque iba y venía a capricho apareciéndose repentinamente en momentos en los que, una sola caricia de más, podría haber hecho estallar a cualquiera. De pronto, en medio de una conversación trivial, ella salía de la alberca y las gotas brillaban sobre su curvatura. O se acercaba desnuda por atrás haciendo que sus maliciosos pezones desconcertaran a mi espalda. Recuerdo haber estado tendido bocarriba con los muslos de una mujer presionando firmemente mis orejas. En situaciones como ésas, suelo ser bastante cerebral para instruir de la mejor manera a mi lengua. No supe de dónde vino, pero de súbito, una boca me tomó por los genitales y succionó con fuerza voraz. Durante unos segundos, caminé en borde del abismo, y al estar a punto de caer, el colibrí se fue volando para dejarme continuar en paz con mi tarea.

No supe de dónde vino, pero de súbito, una boca me tomó por los genitales y succionó con fuerza


     Una vez, nos refugiamos todos de la lluvia en un cuarto y no hicieron falta excusas para ponernos a jugar. Ella propuso una sesión de nalgadas y todos tomamos nuestro turno para imprimir nuestra mano en su trasero. No había entendido, hasta ese momento, cómo funcionan los mecanismos eróticos del spanking, pero funcionan. Nos encendimos todos, especialmente yo que estaba encandilado por el sexo rosado que se asomaba cuando ella asumía la posición de ser golpeada. Recuerdo, a meses de su partida, aromas y texturas aisladas, quizá momentos específicos. De esa noche tengo claro el final. Tres hombres eyaculando descaradamente sobre ella.

     Quizá esa es la memoria que tengo más firme. El descaro. Ms. T es eróticamente descarada. Rotundamente sexual.  Mujeres así me hacen perder fácilmente los esquemas. El día en que nos despedimos salimos todos a cenar a un restaurante de altos vuelos. Éramos cinco parejas apostados a lo largo de la mesa. Llamamos a la mesera para que nos tomara una foto. Todos íbamos bien vestidos y arreglados para la ocasión. La foto quedó linda. Todos nos vemos bien y sonrientes. Ella no sale sonriendo. En la foto, Ms. T y Mariana se están besando. 




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About Diego (siempre con su Mariana)

Diego y Mariana se conocieron hace un suspiro de dos décadas. Se quedaron juntos y aprendieron, a la buena y a la mala, las mil maneras de construir una relación. Pronto se dieron cuenta de que el sexo era el más emocionante laberinto y decidieron navegar sus rincones en pareja. Empezaron a escribir lo que les sucedía, sólo porque parecía lógico. Se sentía divertido y así descubrieron que la participación de los demás ayudaba a que las sensaciones estallaran con mejor algarabía. Les gusta jugar con otros. Les gusta follar con otros y les gusta que otros vengan a visitar su Jardín, lo exploren y se vuelvan, al leerlo, compañeros de aventuras.

Aleatorias del pasado